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domingo, 3 de octubre de 2010

Siempre será algo

En estos momentos siento ganas de dedicarle algo más digno que una entradilla de blog, pero no dispongo del material para ello ni sé si sería lo mejor. No obstante, puede que lo haga algún día.

Mi abuela fue mucho más de lo que yo conocí.

Ella ya tenía 64 años cuando nací. Aún así, fue la que me crió y la que me enseñó a leer, escribir, sumar, restar y hasta a multiplicar. Estaba obsesionada con esos temas, debido a una de sus profesiones.

Pero lo que le quedaba no era precisamente la parte más memorable de su vida, si bien en sus años finales seguía, por supuesto, dándose a querer muchísimo.

La cuestión es que no sería justo hacer un resumen de su vida, habiéndome perdido yo las mejores partes. Solamente sé que, proviniendo de una familia con pocos medios y en una España todavía bastante machista, fue una gran estudiante y ejerció varios oficios (practicante, maestra, secretaria...), en los cuales, siempre estuvo muy bien reconocida.

De momento, quiero expresar lo que siento, y espero que con eso valga para hacer algo de honor a su memoria.

Cuando una piensa en lo que es vivir, que no es más que disfrutar y sufrir un tiempo para luego desaparecer, le entra la necesidad de ser creyente. Me gustaría poder creer que mi abuela está en alguna parte, que aún percibe y siente... Y duele no creerlo, pero no lo creo. Pienso que, para bien o para mal, aquello de "no somos nada" es casi cierto. Lo bueno es lo del "casi", porque mi abuela es algo: la historia de una mujer que vivió y sintió, que fue triste pero también feliz, y esto último merece la pena.

Durante muchos años, será también el recuerdo de los que la queríamos, el eco en mi memoria de repetitivas preguntas que en ocasiones me resultaban cansinas y ahora me gustaría volver a oír. Me arrepiento de no haberle dado esos besos que pensaba darle y se me olvidaban porque tenía prisa, de no haber tenido más paciencia con ella y no haberla hecho sentir más querida, sólo porque había otras cosas que hacer. Espero que, a pesar de lo desconcertada que la tenían en sus últimos días y de sus constantes idas de olla, tuviera bien claro al menos una cosa: era una persona muy querida.

Y dicho sea de paso, tenía unos ojazos que echaré mucho de menos.

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